
Te propongo un pequeño ejercicio antes de seguir leyendo. La próxima vez que tengas una hoja entre las manos, mírala a contraluz. Aparecerá una red que normalmente pasa desapercibida: nervios que se ramifican, un entramado finísimo que la sostiene, la alimenta y la mantiene viva. Esa trama invisible —presente en cada hoja, en cada raíz, en cada semilla— es lo que sostiene el mundo natural. Y es, exactamente, de donde nace esta obra.
Lo que casi nunca miramos
Estamos entrenados para quedarnos en la superficie de las cosas: el color de una flor, la silueta de un árbol contra el cielo, la textura de una piedra. Pero por debajo de esa piel hay otra realidad, más callada y más asombrosa. La naturaleza es, antes que belleza, estructura: tejidos, tramas, andamiajes que resuelven con una economía admirable problemas de resistencia, ligereza y crecimiento. Un hueso, el esqueleto de una hoja seca, el interior de un fruto, la arquitectura de una telaraña… todo está pensado, aunque nadie lo haya pensado.
«Tejidos de la Naturaleza» nace de esa fascinación por la ingeniería silenciosa de lo vivo. Quise coger eso que normalmente no vemos —lo estructural, lo interno— y sacarlo a la luz, darle cuerpo y presencia, convertirlo en algo que se pueda rodear y tocar con la mirada.
Del plano al volumen: por qué una escultura
Un cuadro se contempla de frente; se planta uno delante y ahí queda la relación. Una escultura, en cambio, te obliga a moverte. Te pide que la rodees, que te agaches, que te acerques, que descubras que lo que veías desde la puerta no es lo mismo que aparece a un metro de distancia. En esta pieza trabajé precisamente para eso: que cada ángulo cuente algo distinto. Aquí una curva orgánica que invita a seguirla con el dedo; allí un vacío por el que la luz entra y proyecta su propia sombra sobre la pared. La obra no es un objeto quieto: cambia contigo, con la hora del día y con el lugar donde la pongas.
La obra en movimiento
Como con casi todo lo que hago, trabajo despacio. Prefiero pocas piezas, y que cada una tenga una razón de ser, a producir por producir. Una escultura como esta lleva su tiempo: el de encontrar la forma, el de equivocarse, el de dejar que la pieza me diga cuándo está terminada. Ese proceso lento forma parte, también, de lo que quiero transmitir.
Una reflexión sobre nuestra huella
Hay algo que atraviesa todo mi trabajo y que aquí se vuelve especialmente claro: no tomo la naturaleza únicamente como referencia estética, sino como una manera de pensar la relación que mantenemos con nuestro entorno y la huella que dejamos en él. Vivimos un tiempo acelerado, cada vez más lejos de los procesos naturales, más pendientes de pantallas que de estaciones. Una obra inspirada en esas estructuras vivas es, en el fondo, una pequeña invitación: la de parar, mirar de otra manera y recordar de qué estamos hechos y con qué seguimos vinculados.
Una pieza para presidir un espacio
«Tejidos de la Naturaleza» es una de mis obras más ambiciosas, y está pensada para tener protagonismo. Funciona especialmente bien en una entrada que reciba a quien llega, sobre una estantería amplia o en ese rincón de la casa que pide, sin decirlo, un motivo para detenerse. Necesita aire alrededor: no la arrincones entre objetos, deja que respire y que la luz juegue con ella. Es una pieza de coleccionista, única e irrepetible, como todo lo que sale del taller.
Preguntas frecuentes
¿Es una obra única?
Sí, una escultura original e irrepetible, firmada por la artista.
¿Cómo se cuida una escultura así?
Basta con evitar golpes y quitar el polvo con un paño seco; nada de agua ni productos. Lo cuento en la guía de conservación.
¿Puedo encargar una pieza parecida?
Sí, realizo encargos personalizados adaptados a tu espacio.
¿Dónde veo la obra?
En su ficha y junto a otras esculturas.
Soy María Betancor, artista y escultora en Canarias. Mi obra nace de la observación del entorno natural de las islas y de la huella que dejamos en él. Descubre la obra disponible, conoce más sobre mí o escríbeme para un encargo.